Seguramente en cualquier sitio de Internet al que entren los recibirán con un "Bienvenido a..." y el nombre del lugar. Pero en este caso yo soy el bienvenido, el nuevo en esta casa. Me la habían mostrado algunos años atrás y hace un tiempito decidí mudarme aquí. Tiene varias cosas muy lindas y la verdad no me arrepiento de la decisión que tomé de venirme.
Desde hacía tiempo venía revolviendo un montón de ideas en mi cabeza sin saber dónde volcarlas. Muchas de ellas las escribía, pero casi nunca sobrevivían. Terminaban perdiéndose en el espacio, por no buscar un lugar seguro para guardarlas. Cuando me contaron sobre esta casa llamada weblog (o más conocida por su abreviación "blog") quice introducirme. Me hablaron de varias salas misteriosas, de las que no entendía por qué ese adjetivo, y de una máquina de escribir en una de ellas.
¡Ups! pero si ni me presenté: soy Sam, aunque creo ya deben haberse dado cuenta. Ahora sí ya presentado, continúo contándoles.
Únicamente al instalarme acá pude comprender todo lo que me habían dicho. En este lugar solo sirve la imaginación. Solo para cuestiones muy elementales se puede aplicar la realidad, como comer, beber, leer (aunque eso puede ser muy peligroso en muchos casos si no se toma su debida precaución), caminar, bañarse y otras necesidades que mejor no las digo para no auyentar a los lectores por el desagrado que les pueda producir. Si bien como dije logré solamente al entrar en la casa enterarme de las respuestas a todas las preguntas que me había formulado al escuchar los comentarios sobre la misma, tardé una bocha en hacerlo. No alcancé sino hasta que la famosa lamparita flotó sobre mi cabeza descubrir el gran secreto que había detrás de las paredes de esta construcción tan simuladamente real. Pero investigué y perseveré, y al fin supe todo. O por lo menos eso pienso. Así comienza la historia.
Al llegar al destino, encontré un muy común departamento, dentro de un muy común edificio, y todo encerrado en una muy común cuadra. Abrí la puerta de calle, subí por el ascensor hasta el tercer piso cargado con un par de cosas que había decidido traerlas en mano y entré en la letra que me correspondía. Una vez que todos los muebles y todas las cosas de mi pertenencia estaban en distintos lugares desparramados, recorrí el lugar. El punto de partida fue en el comedor, donde la curiosidad por conocer todos los secretos se despertó en mí. Abrí el paso tapado por un par de valijas y encontré un pasillo. La primera puerta que vi me llevaba a un cuarto mediano que usaría como mi dormitorio. La segunda era el baño. En la tercera, lo que anteriormente llamé como curiosidad se transformó en algo mayor. Tenía atornillado un cartel que decía "Sala de la máquina de escribir". Giré inútilmente el picaporte. Estaba cerrada. Saqué las llaves que había guardado en el bolsillo y me fijé si alguna encajaba en la cerradura, pero no. "Qué raro..." pensé, "una puerta cerrada y no me dio las llaves. Seguramente se habrá olvidado. Más tarde lo llamo a su celular". Seguí con mi recorrido y encontré una cuarta y última puerta que, para mi sorpresa, se encontraba en el mismo estado que la anterior, solo que esta vez el cartel pegado decía "Sala de debate". Al ver que el pasillo finalizaba allí, di media vuelta y retrocedí, pensando muy concentradamente. Tan concentrado estaba que casi me llevo puesta la pared, con la que me enojé sin que tuviera la culpa, y luego volví a lo mío, a pensar. Pronto me encontraba en un silloncito Puf (o fiaca, realmente no sé cuál es su nombre, si alguien lo sabe por favor informemeló) tirado en el suelo. "¿Será esto lo que me trataron de decir, dos piezas que estaban cerradas? Tiene que haber algo más, algo realmente extraño". Al rato me encontraba imaginando cómo serían estos lugares a los que no había podido ingresar. Y de repente, el living donde hace dos minutos me había lanzado a descansar rodeado de un enorme desorden, se convirtió en el sitio que me imaginé. Exactamente igual a lo que poco claro había visto en mi mente. Giré la cabeza seguida de mi cuerpo inspeccionando el terreno. Sin nombrar algunas cosas secundarias que no interesan (o por ahora no), una silla, un escritorio y una máquina de escribir sobre él se divisaban atrás de una mancha que parecía faltarme decidir exactamente qué era. Hice un esfuerzo por pensar en algo, y un avioncito de juguete colgado del techo se comenzó a dibujar en el aire.
Y así descubrí el motivo por el que "misteriosa" era el adjetivo que le daban a la residencia los que la conocían. El elemento por el que este último sitio al que llegué se llamaba "Sala de la máquina de escribir" fue el que utilicé para contarles todo esto. Esto puede servir de demostración de que lo inimaginable puede existir. Me despido de ustedes y en otra ocasión les mostraré lo que sucede en la otra sección tan rara de esta casa llamada, como dije antes, blog.
miércoles, febrero 14, 2007
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