sábado, septiembre 13, 2008

Sábado 13

Mano amiga

Comienza mi historia hace dos años, en un bar de Uruguay y Santa Fe. Había pasado la noche anterior en un velatorio en la esquina de esa cuadra, con la oscura esperanza de que la culpa no hubiera sido mía. Aquella culpa, resto de bondad que le puede quedar a un ser humano al cometer un delito a la vida, había caído de repente en mis manos al enterarme de la muerte de un ser que apreciaba mucho. Estoy muy cansado, todo intento de reflexión es liquidado por un sueño inmenso. Me dejo vencer y por fin entro en ese mundo al que tantos intentan huir para olvidarse del mundo real y salir rápidamente de sus problemas.
Vuelta en el mismo bar, ahora sin ruidos, sin voces, sin olores… sólo imágenes. Se acerca un hombre que me llama la atención. Sus rasgos me intimidan al recordarme a alguien. De alguna manera creo saber de quién se trata, pero no reconozco su manera de moverse. Tan igual a mí, me desiguala en algún aspecto, pero aun sigue siendo tan yo, quizá más que yo mismo. Estoy paralizado, no tengo más opción que entregarme a lo que suceda. Una parte de mí me dice que no pasará nada malo, pero la otra parte reclama que no me deje llevar. Es como si una línea muy fina separara mis ideas, mis emociones, mis intenciones, todo, y alguien más fuerte que yo quisiera arrastrarme a su lado de la línea. El hombre sigue parado allí, mirándome, convenciéndome cada vez más. Miro a mi alrededor: las caras de los demás clientes parecen acecharme, buscan algo de mí para hacerme algún mal, creen saber qué fue lo que sucedió en realidad y quieren demostrar que soy culpable. No aguanto, necesito salvarme de algún modo, necesito paz. La mano de aquel tipo toma la mía, y sin titubeos me paro y me coloco al lado suyo, buscando refugio. No sospecho que acto seguido, él se sentará en esa silla y me dejará ahí parado.
Me despierto. Al volver los ruidos mi corazón vuelve a latir, pareciera que se hubiera detenido en aquel extraño sueño. No me siento yo, pero… claro está que lo soy. Ya son las seis de la tarde, no sé cómo no notaron mi presencia los mozos y me dejaron tanto tiempo en la mesa, sin consumir más que un café. Me retiro del lugar y dedico mi mente a pensar qué ocurrió antes de tan dicha muerte, y cómo demostrar que no era culpable.

Ahora, dos años después, cuento esta historia para llegar al único fin que busco: demostrar que no fui el asesino de Sergio Ramírez, tal como acusaban sus familiares, quienes murieron misteriosamente la semana que siguió a la acusación falsa. Quienes lean esto, sepan entender que ellos se lo merecían.