Sólo digo que todo depende de cómo lo miremos.
Una patada al este de tus vidas. Allí donde las viste y viviste una y otra vez, porque allí es donde quedan los recuerdos. Te veo de la misma forma que vos me ves, nos miramos cruzados, vos con tu ojo izquierdo y yo con el mío. Nuestros ojos izquierdos se cruzan. Cuántas vidas hemos vivido. Fueron tan distintas unas de otras. Y tan iguales porque fueron la vida.
Entonces tu música empieza a sonar como algo que ya escuché. ¿Podré ver lo que me estás diciendo? Atravesar esa pupila y quedarme allí hasta dilatarla y derramar un poquito de agua sobre tu mejilla que tan seca se ve. Se ve seca como la tierra donde no crece ningún yuyo.
¡Cómo desearía que lloviera en tu ciudad! Para que el cemento te describiera la suciedad de tu alma y una figura distinta apareciera para salvarte y dibujar en su propia silueta, con las gotas cayendo sobre su piel, la respuesta que tus labios esperan. ¿Quién será el caballero que salve a la princesa encerrada en el castillo de sus vidas pasadas?
Sólo digo que las cosas sólo voltean de verdad cuando voltea uno.
Podés verle la espalda a tu demergida consciencia pero siempre será consciente de su vuelta. Sin que ella se dé cuenta debés darle un giro sin tocarla. ¿No creés en esas cosas? Pues debés aprender a manejar tu cuerpo.
Sólo dale una vuelta sin tocarla, girá sobre ella y verás que todo cambia. Como el tren que va rápido sobre el suelo verde y marrón y naranja y los árboles de varios colores atravesados por el Sol, y el suelo se mueve rápido haciendo tambalear al tren que pareciera estar moviéndose. Pronto nos sumergimos en un sueño profundo pero volvemos a despertar y estamos sentados durmiendo inmóviles, mientras el pasaje sigue moviéndose a velocidad constante, moviéndonos como en una cuna con invitados que siguen insistiendo en sus sueños, viéndonos despertar.
Bien, anotame en tu diario íntimo y anotaré en tu frente las palabras que necesitarás oír cuando estés mal. Te las escribiré al revés para que puedas verte al espejo y verlas. Por eso es que a veces es necesario decir las cosas de otra forma. No digas todo lo que vos entendés exactamente como lo entendés, decilo como lo entendería él o ella.
Sólo digo que todo depende de cómo decimos las cosas, sólo eso.
Porque no es lo mismo decir “Estoy bien” que decir “Bien, estoy”. Estar no es lo mismo que estar bien. Yo estoy y todos estamos. Pero no es lo mismo estar como una mancha gris o un humo descolorido flotando sin peso sobre una calle desierta, que ser el humo con ese olor tan rico del asado que junta a toda la familia y lo podemos ver y oler por encima del fuego y del calor. Si somos ese humo no necesitaremos que nos vean siquiera, saben que estamos ahí, aunque no lo piensen. Porque el calor se siente y te abriga, y eso es lo que te hace dejar de pensar en ese mismo humo. En cambio un humo que te hace toser, un humo negro, lo vivimos pensando y recordando porque nos hace mal. “A veces, cuando se hacen bien las cosas, la gente no está segura de que uno hizo algo”. Pero siempre se sabrá que hicimos algo y ese algo por ser lo que es, es gigantemente gigante. Porque una chocolatada caliente a la hora de merendar, preparada por una madre, es un auto nuevo. Y a veces, esta chocolatada caliente o fría o tibia es mejor que aquel auto.
Sólo pienso que siempre hay que mirar, oír, saber, oler y tocar.
Como pienso, lo digo.
Sólo digo que sólo sé lo que está pasando ahora. Pero ya pasó, porque “en el momento en que digo ahora ya no es sino que fue”, así que lo digo para que quede plasmado y no se olvide en la injusticia de la vagancia y de las puertas cerradas a lo nuevo.
Por eso siempre digo ahora; sé que en algún momento recordaré que ese “ahora” existió. Y no quiero dejar de decirlo, porque al decir “mañana” llegará aquel mañana y, al mirar atrás, sólo veré nada: “mañanas” mentirosos que no existieron nunca porque nunca podré vivir el mañana, sólo el “ahora” y quiero vivirlo de verdad, plenamente.
Sólo eso digo, lo que estoy pensando y lo digo fuerte, sin gritar, pero fuerte.
Lo digo fuerte porque lo digo. Lo digo, porque lo digo fuerte, porque no hay que decirlo con miedo, hay que decirlo. Al fin y al cabo, todos somos responsables de nuestras acciones.
¿Sólo lo digo? Sólo eso digo, pero no lo digo solamente.
No estoy solo, porque mis palabras no están solas.
sábado, marzo 05, 2011
martes, octubre 27, 2009
Martes 27
Homo Sapiens
Son esos cuentos de terror, que nos contaban siempre y nos cuentan día a día; pues el miedo es sabio, pero el hombre es tonto. Su agitado paso se comentaba en aquella calle silenciosa rompiendo el silencio. Cada vez corría más rápido y sus ojos dilatados expresaban el miedo. Disipándose como humo se alejó velozmente de su propia sombra, que fijamente lo miraba montando su estúpida cobardía, dejando en aquel lugar el último resto humano con vida que podría haber disfrutado de cuerpo y alma con alegría. Fue entonces cuando escuchó el disparo, como un frío cortante que derrocaba su tranquilidad, como final que hubo sido cantado desde un principio. Si la suerte iba a ser tirada en esa noche iluminada por los dos o tres faros escondidos en la calle Argerich, no sería más que obra de la premeditación del asunto, pues una cuenta mal hecha derivaría simplemente del mal prejuicio sobre aquel hombre que allí se presentaba. Él esperaba aquella carta que le avisara lo que supuestamente iba a pasar, pero empezó a sospecharlo cuando cruzó las miradas con un extraño personaje. Se encontraba parado, apoyado sobre la pared que se desprendía de la puerta de un edificio.
Será la sociedad de ahora, tal vez, pero esto sí que pasó… o pasará. Y es que a veces el sabio miedo nos hace cometer ciertos errores, pero cuesta a veces saber qué es lo correcto. Cabe destacar, antes de empezar a leer, que este relato fue contado antes del hecho; tal vez esto explique, o mejor dicho, refleje el absurdo orden con que a veces se dan las cosas.
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