sábado, octubre 27, 2007

Jueves 25

Todos conocen ya el estilo de Sergio y el de Viejo Loco. Pero se me ha pasado la tarea de enseñarles las características mentales de aquel personaje poco aparecido, o mejor dicho, poco señalado en esta casa. Se trata de aquel que ocultó sus rasgos más profundos en su gran cuerpo y mostró los inexistentes, los que nunca fueron propios de él. He aquí su verdadera descripción, su análisis, incluido en esta sección de la máquina de escribir titulada:



El cambio de Alejo



En un nuevo viaje hacia la imaginable realidad de la sala de deabates, mi cohete aterrizó con precaución sobre el suave piso alfombrado. Abrí los ojos y vi dos hombres sentados en una mesa, enfrentados. Uno miraba el piso, concentrado en un mechón azul de la alfombra multicolor que aguantaba nuestro peso y el de todas las cosas de la habitación; otro el techo, de la misma manera que el anterior. Ambos pensaban seriamente algo, "una estrategia, quizá", pensé. Y acerté. Y para averiguarlo, me incliné: había un cartel colocado justo delante de mis pies, que decía: "No molesten, pensamos solución para el gordo", frase en la cual se mostraba tachada la palabra "gordo" y aparecía al lado "Alejo". Me acerqué a ellos y sin cumplir con lo pedido, interrumpí el silencio.

- ¿Qué le pasa a Alejo?

- No sabemos -respondió Sergio, sin crear discución acerca de lo que acababa yo de hacer-. Ello es lo que intentamos descubrir, y sería de gran ayuda que te sumes a intentar.

Asentí y utilicé la silla vacía entre las dos ocupadas por ellos.


- Hace días que está mal, triste, desanimado. Necesitamos darle una alegría, pero antes deberíamos saber qué le pasa, y no nos quiere contar nada. Todo lo contrario, se molesta cada vez que tocamos el tema en su presencia. No se nos ocurre nada, hicimos miles de intentos, ninguno efectivo. Tal vez vos puedas desenvolver el misterio de su malhumor.

Una y otra vez sentí la caricia de una idea que me rozaba y se iba lentamente. Ilusión tras ilusión se desprendía de mí en la medida que avanzaba y descubría las fallas de cada plan. Continué así hasta saber que no quedaba más que actuar, porque sin la práctica de tácticas no se lograría nada. Y actué nomás.

Me dirigí a donde un hombre gordo sentado de forma india yacía en el piso, con la cabeza gacha, pegado a la unión de dos paredes perpendiculares. Me apoyé sobre su hombro para usarlo como aguante para agacharme, flexioné las piernas, medité cómo comenzaría mi discurso y cuando decidí empezar una no muy convincente conversación para resolver el problema, me cayó su voz, lo que me calmó en gran medida.

-No me -suspiré aliviado- peguntes qué me pasa, vos lo sabés bien -volví a respirar aire preocupado; no entendía-. Desde hace rato me dejaste a un lado, no me hiciste caso. Pero ahora más que nunca te necesito. No me ignores ahora, dame lo que necesito, ya sabés qué es. Sólo tenés que buscarlo.

Un viento cortante atravesó mi espalda, temblé y creé un silencio aterrador que se apoderó de mi alma. Nunca antes me había sentido así; sentí como si hubiera hablado conmigo mismo. Estaba casi seguro que no sabía de qué hablaba. Ignoraba que algo le haya hecho, en verdad creía que todo andaba bien. Aunque lo había notado algo mal en las ocaciones en las que pude estar con él; por lo menos no muy alegre. Pero no tanto como para la depresión total. Sin más solución, saqué el lapiz y comencé a resolver la ecuación.

Sus palabras me hicieron pensar en algo que había vivido hace un tiempito, no sabía cuanto, pero no hace mucho. Recordé la suavidez que sentí en algún momento, hace no más de una semana. Una suavidez que acariciaba cada parte de mi cuerpo, cada sentido era elevado por la pureza que demostraba. Figura perfecta, rizos dorados, piernas delgadas, todo en un conjunto que tan feliz me hizo por un instante. Un conjunto delicado, precioso, que expresaba en su rostro sonrisas con brillos, brillos con esperanzas, esperanzas con futuro. Y en cada partícula de ese futuro estaba yo, reflejado en un espejo de mundos maravillosos, espléndidos.

Sin dubitar más, emprendí el regreso a la realidad de la que vine, para embarcarme nuevamente en ese mar de hermosos pensamientos y arriesgarme a luchar contra el temor que me atormentó durante días, cuyo creador era un ser muy especial. Sabiendo ya qué debía hacer, saqué mi espada y esperé que llegara el momento para atacar.


Volví sin derrota, pero tampoco pude agitar la victoria en la mano. Supe que no era todo, que aún había esperanzas, pero si me rendía y bajaba los brazos mi enemigo pensaría que soy un cobarde. Como el mismo Arjona dice en su tema "Dime que no": "(...) dime que no y me dejarás pensando todo el día en tí, pensando la estrategia para un sí". Creo y espero que eso haya sido lo que sucedió, que haya sido lo que ella planeó.


Pero esto no acabó ahí. Falta lo más sorprendente, lo que le da a la historia el toque especial, distinto a cualquier otra historia.


Otra vez en la sala de debates, un cambio en el cuerpo de Alejo se apoderó de la atención de todos los que estaban allí (los otros dos personajes y yo). Su apariencia se transformó, recibió un "abra cadabra" de la varita imaginativa, pero tan real desde lo extraordinario. Apareció en el lugar del viejo Alejo, uno nuevo, totalmente diferente, que no parecía en nada a él. Un aspecto de elegancia rebozante hizo una excepción a la regla física que dice que no se puede lograr tan perfecto cambio en tan poco tiempo, es decir, en segundos. Desde ese momento, no sólo su figura, sino también su estado emotivo no volvió a ser el mismo, por lo menos hasta ahora. Hasta yo pude disfrutar de esto, ya que en los días próximos sentí la misma alegría que él sintió.

Esto ocurrió poco después del 21 de abril, y es por esta razón que me alejé por tanto tiempo de ustedes.

Gracias por pasarse en estos tiempos tan preciados para mí, vuelvan pronto.

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