La alteración
Otra hora. Otro minuto. Otro segundo…
Todo contado, todo esperado. Cada segundo que pasaba me decía que en un instante llegaría el próximo. Y no mentía. Y cada vez que me lo decía, más fuerte era el sonido del tic, más profundo se guardaba el del tac. Los minutos, en cambio, me repetían una y otra vez (después de los 60 “ya viene el próximo” de los segundos) que pensara algo, que hallara algún camino rápido, que se estaban cansando ya de esperar. Pero al oír todo esto me desesperaba aún más y a la mano de aquella desesperación se sujetaba la tardanza. Mi inteligencia me explicaba que no tenía que apurarme, que había que tomar las cosas con calma, pensar. Mi locura se guiaba por el impulso y me reclamaba que actúe. Pero ¿a quién hacerle caso?
Esa misma indecisión, la que a veces llega al punto de explotar mi cabeza en mil pedazos, me dirigía en ese entonces, me mandaba. Fui un tonto al dejar que lo hiciera. Que ironía que para dejar de ser ese tonto, la inteligencia no fuese precisamente la mejor salida de aquel problema. ¿Que a qué me refiero? Verán…
Decidí visitar a mis mejores colegas, a los que siempre estarán conmigo. A esos tres que me ayudarán siempre, que son parte de mí.
Cuando llegué, se ejecutaba una gran discusión entre dos personajes bien conocidos: Sergio y Viejo Loco. Escasas fueron las palabras que pude rescatar, ya que una voz superponía a la otra y ninguna se distinguía con facilidad. Y en verdad, las que pude escuchar no fueron muy útiles para saber la causa del conflicto: “¡No!”, “¡Sí!”, “Pero”, “cuenta”. Pero luego de algunos minutos, y esquivando un par de gritos para no perder mis oídos, logré conocer el contexto de aquellas palabras sueltas.
Sergio, serio, en su postura erguida, sostenía que la mejor forma de resolver el problema (el mío, supuse) era deteniéndose, tomando un tiempo para analizar la situación. Viejo, a gritos (en verdad, la mayoría provenían de él), pedía nervioso que vallamos a la acción. Cuanto más serio respondía Sergio, más colorado se tornaba el rostro de Viejo. Cuando parecía que la sala iba a explotar, la voz de uno de los protagonistas de aquel disturbio fue bajando, se fue rindiendo, y mientras descendía arrastraba la voz del otro. Sergio, cansado ya de esforzar su voz, se resignó a continuar, dijo “¡Basta!” con tan sólo no decir nada más. Viejo, sin preguntar, dio cuenta rápido que ahora era el momento para hacer lo que él quería hacer.
Desperté alterado, con ganas de ir y poner en práctica lo que debí haber hecho hace un par de horas. Me levanté, me cambié, tomé las llaves, bebí un sorbo del pico de la botella de agua y salí disparado de mi casa.
Sí, a veces es necesario usar la cabeza, detenerse a pensar un poco. Por eso mismo, un “poco” nada más. Es bueno pensar dos veces las cosas antes de hacerlas. Pero dos, no tres o cuatro. De qué sirve darse máquina con algo, cuando la solución no te la puede brindar sólo la inteligencia. Piénsalo dos veces, pero si a la segunda vista a la granja no encuentras las gallinas, es hora de empezar a buscarlas. Ni hablar que lo mejor hubiese sido despertarme antes de que todo se pusiera tan fuerte dentro de mi cabeza. Tal vez hubiera salido más tranquilo, más ordenado, y podría haber pensado un poco en vez de salir tan embalado. Esa es, pienso, otra de las desventajas de pensar las cosas ocho, nueve, diez veces en lugar de sólo dos: la alteración.
jueves, diciembre 06, 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario