Aparente mente
“Ocho y media de la noche. Un recuerdo casi olvidado en la ignorancia prestada a una noticia me avisa que se ha adelantado una hora al reloj, lo que me recomienda cambiar el mío para no volver a confundirme. Son entonces las siete y media en realidad (dentro de la irrealidad real de la sala de la máquina de escribir). Comienzo a escribir estas líneas para contar algo que me pasó hace un tiempito, pero se me hace una laguna que me inunda de recuerdos de otros momentos y esto trae una confusión y un mareo terribles. Aparezco de repente en la sala de debates, donde una voz que retumba me resulta muy conocida: es la mía, como si un grabador estuviera reproduciendo lo que dije en algún momento… pero lo estoy diciendo ahora…
¿No escuchan? Es mi voz. De alguna manera mi relato ya no es sólo escrito, ahora también es oral. Veo a mi alrededor. Absolutamente nada. Sólo vacío dentro de una sala enorme se puede detectar a primera vista. Realizo una segunda inspección, esta vez girando para el otro lado, y un aparato poco más grande que mí se hace presente y me llama la atención, la cual responde advirtiendo que ya conocía aquel objeto. Es la máquina del tiempo, aquella que tanto me había costado descifrar su forma de uso hasta descubrir que debía unir los segundos para fusionarlos. Sin encontrar nada más, y sin saber bien lo que busco, intuyo que para continuar con lo que corno esté haciendo debo utilizar esta máquina. Paso a paso me acerco; nada me detiene, pues ni Sergio, Viejo o Alejo se presentan en esta “misión” en la que creo estar. Toco la máquina, veamos que sucederá aho… ¡Wow! ¿Qué sucede?
Okay, parece que no necesité unir los segundos ni nada de eso esta vez (en verdad me alivia, porque ni siquiera sé a que momento era el que quería llegar).
Veo a una señora mayor caminar rápido para que no se le vaya el colectivo, se sube, paga y se apura para ocupar un asiento que casi era usado por un muchacho de unos veinticinco años, treinta como mucho. Vuelvo a mirar hacia delante, pero mi atención al camino es otra vez interrumpida por una señora de aproximadamente la misma edad que la anterior, encontrada en un negocio de ropa, hablando y riendo con otra mujer. En eso, un jean que hace tiempo me había gustado (si no había llamado mi atención completamente desde antes, al menos le había pedido el número, me había encantado) corta mi visión. Siento que me vuelvo a enamorar, como si encontrara algo que había buscado hace rato. Contemplando aquel tesoro anhelado por tanto tiempo, apenas cerca de la realidad estoy para notar que por atrás mío pasa la mujer de tercera edad que acababa de encontrar y había vuelto a perder en la emoción dirigida al jean, quejándose ahora por el tremendo calor que atormenta a toda la ciudad ordenándoles que se queden en sus casas con el aire acondicionado encendido. Al instante, unos gritos con el tono del famoso “¡Auxilio!” asustan a todos allí cerca y me saca a mí de mi grandiosa fantasía (que se vuelve toda negra al saber que no era realmente real). Provienen de más adentro del lugar, y son lanzados por la mujer que hace unos minutitos había compartido carcajadas con esa amigable viejecita que acababa de partir. “¡Mis bolsas, estaban acá! ¡Tenía como cuatrocientos pesos en ropa en mis bolsas!”. Su voz exige contención, alguien que le diga que no pasa nada, que ya las va a recuperar. Pero nadie puede mentirle: una de las chicas que allí trabaja está ahora explicando que vio cómo la señora había agarrado hace cinco minutos aquellas bolsas, pero como la vio charlando tan amigablemente razonó que las dos se conocían… pero no es así…
Muy bien, suficiente espectáculo por hoy, continúo mi viaje, que ya bastante se ha retrasado. Todos los inconvenientes surgidos me dejan pensando; éste último me deja dudando de la primera anciana que vi, tan buenita que aparentaba, y tal vez sólo aparentaba (algo tan fácil: aparentar). Una escapada de nuestro planeta me lleva a otro un poco distinto, pero para nada raro. Estoy en la sala de debates, junto a Sergio, Viejo y Alejo. Mientras Loco y Alejo descansan un rato, Sergio labura como loco (no como Loco, el sólo duerme) registrando información en la máquina del tiempo mediante imágenes en primera persona. Y aquella especie de “videos” fueron vividos por mí, como no darse cuenta si es todo lo que vi hoy... y lo que estoy viendo: el piso; con la cabeza gacha sigo caminando por la vereda, casi llego al la cera de la calle. De la nada saco un grito. “¡Cuidado!” me digo a mí mismo… ¿A mí mismo?
Ya fuera de mi mente, levanto la cabeza… pero es tarde… ¡Dios, qué dolor!”
Acabo de leer esto en la máquina de escribir, aun sin publicar. Recién llego del hospital, al cual entiendo más por qué fui, ahora que veo esto. En él un médico me dijo que “la gente que me vio dármela contra aquel semáforo afirmó observarme totalmente distraído, pensando en algo muy profundamente”. De estas palabras, creo que lo que más le pegó a mi autoestima fue lo del semáforo… ¿tan estúpido soy?
Y lo peor de todo es que sólo por eso fui al hospital. Aunque hay que admitir que el calor afecto bastante mi salud, después de todo mi presión andaba bastante baja.
Repasando lo vivido en el hospital, redescubro un sueño muy peculiar, que si no me equivoco es bastante parecido a lo contado anteriormente. ¿Será por algo?
Una aclaración sobre el título, está bien escrito.
Comentarios o dudas debajo o a sam_y_mas@hotmail.com
Como siempre, gracias por pasarse, vuelvan pronto.
domingo, enero 13, 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario