jueves, marzo 20, 2008

Miércoles 19

La noche

La veía y sentía que todo el mundo se callaba, que me observaba para ver que hacía, cómo le hablaba, que le decía. Era como si un show comenzara, siendo yo la estrella del circo, pero me había olvidado mi número y las gotas de sudor pedían el libreto nuevamente antes de salir y dar mi espectáculo. Ahora -en realidad desde que volví de esa fiesta a la que asistí más por compromiso que por satisfacer una de las necesidades del hombre, la necesidad de divertirse- me doy cuenta de que en verdad nadie me veía, era sólo yo -para qué culpar a la imaginación, si el que la anima es uno- jugando inconscientemente al miedoso. De a ratos echaba vistazos, siendo -creo- bastante discreto, tratando de no parecer que tengo una obsesión con ella: lo que menos quería era que se sienta sofocada y a la primera me rechace, por acoso o por vergüenza. Veía que de repente me miraba, me daba una luz en mi oscuro túnel lleno de piedras y de posibles y casi seguros fracasos. En realidad no eran fracasos certeros; sólo mi mente los consideraba así, quizá porque la única salida que veía para salvarme del ridículo era el rendirme antes de actuar. Pero nunca se le debe fallar al espectador: hay alguien que quiere llenar su alma de energía, y hay que hacer lo mayor posible por lograrlo. Cada vez que me veía retiraba su vista rápidamente, enviaba sus ojos hacia otra dirección. Desaparecía aquel destello de luz apenas notable dentro del túnel oscuro, otra vez no veía nada, y al no ver nada uno se puede tropezar con lo primero que se ponga en su camino. Las excusas para satisfacer a mi horror, a mi vértigo por dar una mala o pésima impresión, me comían cada vez más, me hacían sentir insignificante, me desilusionaban y me daban más miedo por no poder verla nunca más. Un impulso casi sin fuerza empuja mi pie hacia delante, pero se corta enseguida y mi desgracia comienza a suceder al pisarle el pie a un chico de unos 20 años, con su novia. “Perdon” fue mi vano reflejo, pues ni mosqueo noté del hombre pisado. Vuelvo para atrás, disimulo para que nadie note mi torpeza, especialmente ella. Vuelvo a mirarla. Sigue hablando con esas chicas que supongo son sus amigas. Me vuelve a observar, pero sólo soy un paso en el camino de su vista, un paso que salta enseguida, como si estuviera lleno de fuego y tuviera miedo de quemarse. Siento un nudo en el pecho, trato de desatarlo pero me cuesta la vida. Mis movimientos son eléctricos, como si bailara música tecno dentro de un boliche donde pasan cumbia. Me siento incómodo, el inexistente silencio que yo sólo escucho me inunda de terror, toda la gente clavando sus ojos sobre mí; la gente… ¿qué gente? Todos están ocupados en lo suyo, ni les interesa lo que esté haciendo un sujeto como yo, que se siente tan colgado en la fiesta que hasta ha decidido no hablar con nadie. Me pongo a pensar… ¿es eso lo que quiero? ¿Que nadie note mi existencia, pasando a ser uno más entre una multitud de extraños? ¿A qué clase de fiesta “divertida” vine, si no me voy a divertir?

Y es que no logro comprender. Nunca me ha costado hablar con las mujeres: ¿Por qué ahora sí? Creo que hay algo especial en ella. Algo que nadie nota, más que yo, el inexistente hombre que concurrió a un lugar de completos anónimos. Mi máquina pensadora no para. Si ella es tan especial, no creo que tenga problema que le hable alguien que no conoce. Si es tan especial -tanto como yo sólo puedo hallar-, algo en ella debe haber, algo que yo note, que me indique cómo puedo comenzar la charla, cómo puedo enredarla en un período de diversión, de encuentro de seres, de comprensión de vidas, de conexión de almas. Si es tan especial como pienso, tiene que haber algo especial en ella que me diga si es la indicada para mí, y que le explique a ella que yo soy la persona indicada para ella.

Y ahí logro entender. Es tan especial, que es capaz de encender una luz en mi túnel, una luz brillante, radiante… especial. Me acerco ya sin miedo. Me encuentra. La encuentro. Me evita. La sigo buscando. Una de las chicas con las que estaba gira su cabeza. Me ve, habla con la otra y al rato se van. Continúo mi camino hacia el objetivo, que ha quedado inmóvil, lo cual me ilumina más. Comienzo a sentir un alivio, el espectáculo parece controlado, y aún no ha comenzado. Vamos a ver qué tan especial puede convertir ella esta noche, alrededor de tantos desconocidos, frente a alguien que siento conocer hace tiempo. La noche empieza.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

noooooooo!!!!! no me dejes asi que pasa, que pasó?????
me encanta como siempre, mas alla de que obviamente me encante todo lo que haces porque te adoro, mas te vale que no te cuelgues y termines de contarme la historia, o te voy a dejar en paz hasta no ver la continuacion.... besos te quiero!!!! AH! si, yo, tu hermanita