La obra está completa
Él intentaba dedicar su vida al arte. Intentaba aproximarse a lo que se puede llamar “un buen escritor”. No le hacía falta hacerse famoso, simplemente quería tener algo de éxito en eso que a él le gustaba hacer, que la gente -aunque sea poca- aprecie sus obras. Si bien tenía algo de habilidad para escribir cuentos que estimulen a la reflexión del lector, no siempre lograba terminar lo que empezaba. La inspiración tal vez quedaba corta, pues al empezar a escribir se le mezclaban todos los pensamientos y quedaba en la nada, con el relato en la garganta y los dedos inmovilizados. Las descripciones lo mataban, era algo que no manejaba muy bien. Algo de estudio quizá le faltara. Había decidido no estudiar nada que tenga que ver con lengua y literatura, pues pensaba que es algo que sale del corazón y no de la teoría. Aborrecía a todos los que intentaran dar clases sobre algo que está en uno mismo. En realidad, aborrecía la forma en que lo hacían.
Ella buscaba algo a lo cual dedicar parte de su vida. Quería encontrar algo para hacer y saber hacer, algo para lucirse. En sí, los dos buscaban que les aprecien algo suyo.
Ellos se conocían. Eran amigos y algo más. Él siempre la visitaba, para charlar un poco, hablar sobre sus vidas. En verdad, ella lo alegraba cada vez que él pasaba por su casa, su simple presencia en un par de minutos de su existencia le daban motivos para escribir y expresar su arte. Ella estaba admirada por lo que él escribía, y decía que quería saber hacer algo como eso.
Un día él comentó que todo lo que hacía salía del corazón, cada vez que algo malo o bueno ocurría en su vida lo hacía letras y creaba un poema, un cuento o una simple metáfora dentro de una historia de dos o tres páginas. Ella respondió que ante tal sentimiento de describir sus emociones se lanzaba a dibujar, eso es lo que le encantaba hacer para descargarse. Él se refirió a ese hobby que practicaba con fascinación: sabía que el arte no existía solo en libros, sino también en pinturas, dibujos, historietas, y también en otras formas como música, magia o gimnasia artística. Ella sostuvo que aquella manía que tenía no podía compararse con lo que él hacía, pues nadie se encantaría con un simple dibujo, mientras que sí lo harían con un buen relato.
Pasado un rato, ya los dos sin temas para hablar, ella, aburrida, tomó una lapicera y comenzó a dibujar. Dibujó muñequitos en una hoja de su cuaderno. Siguió con formas raras en el brazo de él, luego remarcó partes de su mano, y no paró hasta que la tinta se le acabó. En ese momento las ganas de dibujar se volvieron a escapar. Él tomó entonces otra lapicera, e hizo lo mismo que ella. Al terminar, contempló su obra, y descubrió un montón de imperfecciones que debía mejorar. Se vio a él mismo, lleno de tinta dispersa en figuras tan lindas, tan delicadas. Miró un poco los dibujos en las hojas del cuaderno: él, ahí parado, expresado en un dibujo tan lindo. Ella no podía apreciar la belleza de aquellos dibujos, pero él estaba completamente extasiado de lo que estaba observando. Viendo esto, se inspiró para escribir, pero le pidió a ella un favor: quería que dibuje lo que él escribiera. No importaba cuán abstracto fuera lo que hiciera, deseaba tener la interpretación de ella. Necesitaba una mano con pasión para dibujar y pintar, esa mano con la suficiente delicadeza como para relatar una forma precisa de lo que aspiraba a graficar. No importaba la calidez de los dibujos tampoco, mientras más dibujara mas practicaría, y mientras más practicara más mejoraría. Sólo le hacían falta ganas de hacerlo, ganas de tener algo para hacer, y ganas de sentirse bien con ella misma.
Así nacieron libros con dibujos. Todo lo que expresaba el escritor era interpretado por la dibujante. Lo gráfico que les faltaba a las letras, lo tenían los dibujos, y las descripciones que faltaban a los dibujos, las demostraban las letras. Pero lo más importante lo descubrió mientras examinaba aquellos dibujitos que ella había logrado. Entendió esa pasión por dibujar, esa que él nunca había tenido, y que quizá nunca iba a tener. Pero entendió, en sí, la variedad de formas en que puede nacer el arte, y hasta cuánto pueden mezclarse las interpretaciones hasta hacer una obra más rica. Se encantó por todo lo que ella tenía en ese cuaderno, se enamoró de esa forma de demostrar lo que quería. Degustó el sentimiento que lo recorría mientras ella deslizaba de a poquito la punta de esa lapicera sobre su cuerpo, encontrando el sabor de sentirse menos imperfecto mientras ella lo mejoraba con sus figuras. Sintió esas formas de crear arte uniéndose, para crear una obra completa, juntando esas dos mitades. Se sintió completo.
Los dos siguieron mejorando, y la obra de ellos fue creciendo. Sólo necesitaban seguir practicando, y nunca dejar de hacer lo que les gustaba, por más que costara crecer.
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